Les compartimos la entrevista que le realizaron a Jorge Choy Gómez, posdoctorante de Iván Porraz en el Departamento de Sociedad y Cultura, en Halcón Radio. Con el tema: Personas desaparecidas en Chiapas: un tema urgente. https://www.facebook.com/halconra/
Compartimos un artículo de divulgación realizado por Paula L. Enríquez y Ruth Percino-Daniel, investigadora y posdoctorante -respectivamente- del Departamento de Conservación de la Biodiversidad, en la revista de divulgación ECOSySTEAM. https://ecosysteam.uatx.mx/articulos/numero5/num5.html
El pataxte o árbol jaguar es un fruto presente en las tradiciones del sur del país.
El pataxte, fruto pariente del cacao, es conocido por pocas personas; sin embargo, su importancia cultural e histórica continúa vigente en ciertas regiones del país. El libroPataxte, alimento de los dioses, explora estos aspectos, así como la riqueza nutricional del alimento para promover su conservación y aprovechamiento.
En el marco de la 47a edición de la FIL Palacio de Minería, Xariss Sánchez Chino y Gabriela Castellanos Morales presentaron este libro, que nace de un trabajo de investigación desde la biología y la nutrición. Las autoras recorrieron Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Guerrero y Guatemala para estudiar el fruto y observar tanto sus cultivos como sus usos.
“Lo primero que encontramos fueron estas diferencias con el cacao: Es más grande el fruto del pataxte y su cáscara tiene una textura más maderosa; incluso algunas personas las utilizan para elaborar artesanías como jícaras”, compartió Gabriela Castellanos. Además, señaló que la pulpa del pataxte es de una tonalidad amarillenta y posee un sabor parecido al de un cacahuate o almendra.
Con respecto a su valor nutricional, Xariss Sánchez explicó que, al ser una semilla, el pataxte es rico en proteínas, alcaloides, antioxidantes y compuestos bioactivos. Estos nutrientes hacen del pataxte un alimento funcional, además de beneficiar a la salud de quien lo consume.
A nivel cultural, el pataxte es utilizado para preparar bebidas tradicionales como el pozol. Igualmente, posee una función importante en rituales, como el de paso hacia la madurez, cuando al varón se le regala este fruto para conmemorar el inicio de la adultez. Incluso el pataxte podrido es utilizado como símbolo de compromiso en la celebración de bodas y compadrazgos.
Las autoras también explicaron los riesgos de la exportación y monopolización del pataxte, así como la importancia de diversificar los cultivos. “El riesgo aparece cuando comienzan a ingresar intermediarios y se pierde esta compra directa con los productores”, señaló la Dra. Castellanos Morales.
También se advirtió sobre la sobreproducción el pataxte, proceso donde suelen usarse transgénicos y variedades mejoradas. Estas prácticas pueden fomentar la pérdida de algunas variedades e incluso sustituir a los cultivos tradicionales y ancestrales.
La presentación de Pataxte, alimento de los dioses concluyó con una invitación al público a acercarse a los productores de este fruto para integrarlo en su dieta: “anímense a probarlo, a veces nos perdemos de sabores exquisitos porque uno está acostumbrado a siempre comer lo mismo”, comentó la Dra. Sánchez Chino, quien también señaló que el consumo de alimentos diversos brinda grandes beneficios a la salud.
Xariss Sánchez Chino, Laura López y Gabriela Castellanos Morales en la FILPM
Como parte del compromiso de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) por impulsar una ciencia con incidencia cercana a las comunidades y respetuosa de los conocimientos culturales, se realizó la entrega de resultados de investigación con dos libros sobre la comprensión del fuego en la Meseta Comiteca Tojolabal: “El significado cultural del fuego en Juncaná” y “Fuego, cultura y territorio en Ochusjob”, que hasta ahora se han entregado en La Trinitaria y en Tzimol.
Estos materiales son resultado del trabajo posdoctoral de Laura Ponce Calderón, quien desde finales de 2022 ha caminado y colaborado de manera cercana con comunidades de Comitán, La Independencia, Villa Las Rosas, La Trinitaria, Las Margaritas, Tzimol y Maravilla Tenejapa.
El proceso de diálogo con las comunidades siempre estuvo nutrido con el acompañamiento de Fernando Limón Aguirre, investigador de Ecosur, cuya experiencia ha dado fuerza y profundidad al proyecto. Asimismo, requiere un reconocimiento especial Lokiñe Rodríguez de la University of East Anglia, quien formó parte del proyecto y enriqueció los procesos con su valiosa experiencia internacional.
Los libros forman parte de una serie editorial en construcción que busca documentar los conocimientos culturales en los distintos territorios pirobioculturales de la Meseta. Con esta serie, Ecosur refrenda su empeño de generar conocimiento que no solo se produce desde la academia, sino que dialoga, regresa y se construye junto a las comunidades, fortaleciendo los procesos de manejo cultural del fuego y abriendo caminos para repensar nuestra relación con él.
Más que publicaciones, estos libros son un tejido de saberes. En sus páginas, el fuego se reconoce como un elemento vivo, sagrado y esencial en la vida y en las prácticas comunitarias. A través de las voces, se abre una invitación a mirar el territorio desde la relación entre cultura y naturaleza, que ha permitido convivir con el fuego de manera cuidadosa y en equilibrio con la vida.
Estas publicaciones fueron realizadas con el apoyo de la University of East Anglia, a través de su School of Global Development (DEV), con la edición de Abigail Martínez Rentería y Creative Nature. Integran ilustraciones de artistas como Rely Mundo Gopar, Seucy Maldonado, Nery Muñoz López, Juan Chauk y Raúl González Gómez, quienes aportan una dimensión visual que acompaña y enriquece estos conocimientos.
El Día de la Tierra nos recuerda la urgencia de cuidar el planeta. Sin embargo, esa tarea no ocurre solo en acuerdos internacionales ni en discursos globales: se decide todos los días en los territorios donde vivimos y producimos.
Los paisajes rurales no son simples espacios de cultivo. Son sistemas vivos donde interactúan suelos, agua, plantas, animales y comunidades. Durante mucho tiempo, se pensó que la productividad dependía de simplificar estos sistemas. Hoy sabemos que esa simplificación tiene costos: pérdida de biodiversidad, suelos degradados y mayor vulnerabilidad frente al cambio climático.
En contraste, los paisajes diversos —con árboles, distintos cultivos y vegetación— no solo sostienen la vida silvestre, también hacen más resiliente la producción de alimentos. No se trata de volver al pasado, sino de reconocer que la manera en que usamos la tierra define lo que el territorio puede sostener.
Cuidar la Tierra no es una idea abstracta. Es una práctica cotidiana. En última instancia, el futuro del planeta se construye desde abajo: en cada parcela, en cada decisión productiva y en cada paisaje que elegimos conservar o transformar.
Especialistas adscritos a distintos organismos e instituciones de Educación Superior (IES),coincidieron en el proceso de transformación profunda por el que atraviesa el imperialismo contemporáneo, caracterizado por nuevas formas de intervención, integración económica y control de recursos estratégicos, especialmente en el ámbito energético, así como por rezagos estructurales en países productores.
Arnulfo Arteaga García, académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM); Fluvio Ruiz Alarcón, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE); Dora Elia Muñoz Ramos, investigadora en El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), así como Malik Tahar Chaouch, investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales (IIH-S) de la UV, participaron en el conversatorio “Petróleo, soberanía e integración imperialista en América Latina”.
Dora Elia Muñoz Ramos, integrante del Departamento Sociedad y Cultura del Grupo Estudios de Género, Unidad Villahermosa, de Ecosur e integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), señaló que existe un desbalance entre producción y consumo de energía, lo que incrementa la dependencia externa.
Dora Elia Muñoz, especialista en temas energéticos, mencionó el incremento exponencial en el consumo energético por parte de la población nacional. Indicó que esta situación revela la carencia de estrategias y acciones suficientes por parte del sector energético nacional, incluido Petróleos Mexicanos, para atender la demanda y avanzar hacia energías limpias o sustentables; a su vez, añadió que la transición energética representa una oportunidad para impulsar modelos más descentralizados e innovadores; sin embargo, su desarrollo enfrenta limitaciones derivadas de decisiones concentradas en grandes actores económicos y políticos.
Cada 26 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Cáncer Cervicouterino (CaCU), una fecha clave para generar conciencia sobre un tipo de cáncer prevenible. Les compartimos la siguiente infografía que busca mostrar la magnitud de la enfermedad en un contexto epidemiológico, así como los principales factores de riesgo y las medidas de prevención. Esperamos que con esta información se contribuya a fortalecer las estrategias de prevención y a reducir la incidencia de esta terrible patología que afecta a las mujeres.
El modelo de desarrollo económico actual no solo impide la regeneración de la naturaleza, sino que privilegia los intereses de los países más poderosos y ricos. Presionar a los gobiernos para comprometerse en serio con los acuerdos ambientales se ha vuelto de verdad urgente.
Algunos de nosotros recordamos con emoción aquellos tiempos cuando aún íbamos al cine y fuimos al estreno de Una mente brillante (2001). Protagonizada por un joven Russell Crowe, la película narra la vida del matemático John Nash, cuya genialidad transitaba al borde de la extrema lucidez y la locura. Desde su forma peculiar de ver el mundo –marcada por una esquizofrenia diagnosticada y por los cuidados que le permitieron seguir siendo un científico funcional–, Nash logró entender y sentar las bases de lo que hoy conocemos como teoría de juegos y que nos explica que los individuos racionales pueden quedarse atrapados en equilibrios de no cooperación en los que ganan algo, pero menos de lo que ganarían si cooperaran.1 En el modelo más simple de juego conocido como “el dilema del prisionero”, dos ladrones son separados en celdas y a cada uno se le comunica que, si él confiesa y su compañero no, puede tener una disminución en la condena pero que, si su compañero confiesa y él no, le irá peor. El tercer escenario es que ninguno de los dos confiese, con beneficios todavía mayores para ambos. Sin embargo, como no pueden hablar entre sí, los dos prefieren confesar, obteniendo una reducción en la sentencia por un delito que habría recibido un castigo mucho menor si ninguno de los dos hubiera confesado.
Lo que llamamos “recursos naturales”, refiriéndonos en general al resto de la vida del planeta, plantea en muchos casos dilemas sobre cómo actuar de manera tal que la cooperación nos permita conservar la capacidad que tiene la naturaleza de regenerarse. El más complejo de estos “recursos”, y que hoy nos enfrenta al dilema de cooperar o no, es la capacidad que tiene la atmósfera para regular el clima de la Tierra por su delicada combinación de gases de efecto invernadero. El equilibrio de estos gases, como su nombre lo dice, permite conservar la temperatura de la Tierra en un nivel óptimo al cual todos los procesos ecológicos, incluyendo la evolución de nuestras civilizaciones, se han adaptado.
Sin tener mucha noción de economía, el biólogo Garrett Hardin describió en un artículo que se hizo viral y que tituló “La tragedia de los comunes”2 un juego de equilibrio de no cooperación que se aplica perfecto al problema que enfrentamos cuando usamos los recursos naturales. Hardin ejemplificó su punto en una parcela de pastoreo, donde la cantidad de borregos iba aumentando hasta agotar el propio pasto, en lo que se vería casi como una tragedia malthusiana. Para Hardin, como para los economistas clásicos, los problemas de degradación solo podrían solucionarse o privatizando los recursos o incrementado las acciones del Estado.
Tras largo trabajo académico en terreno, incluyendo los antecedentes del trabajo realizado por su esposo Vincent Ostrom, la economista política Elinor Ostrom, sin embargo, demostró que había otra forma de resolver estos dilemas, y dedicó prácticamente toda su vida a comprender las condiciones que les permitían a los actores tomar decisiones colectivas para conservar lo que llamó “los recursos de uso común”. En un metaanálisis de casos que incluían manejo colectivo de bosques, de pesca, distritos de irrigación y otros recursos de uso común, Ostrom identificó las condiciones que les permitían a los usuarios ponerse de acuerdo para actuar de manera colectiva y preservar los recursos de los que dependía su actividad económica. De manera resumida delineó ocho principios fundamentales para que los recursos de uso común pudieran manejarse y conservarse con éxito:
Fronteras definidas de la propiedad de un grupo colectivo.
Aplicar las reglas a las necesidades locales.
Asegurarse de que los afectados puedan modificar las reglas.
Asegurarse de que las autoridades externas respetan las reglas locales.
Desarrollar un sistema local de vigilancia del comportamiento.
Usar castigos graduales para aquellos que rompen las reglas.
Proveer de mecanismos baratos para resolver conflictos.
Asegurarse de que el sistema de manejo de recursos de uso común esté anidado en otros sistemas de organización que cumplan con las reglas en un sistema interconectado.
Ostrom misma planteó el problema del cambio climático como un problema de recursos de uso común que requería tomar el aprendizaje de la acción colectiva y la gobernanza policéntrica para escapar de la famosa tragedia.3 Desde la óptica de este análisis, el fallo radica en que la gobernanza global que tenemos para manejar este importante recurso de uso común que es la atmósfera nunca fue diseñada con los principios identificados por Ostrom, sino que se desarrolló con base en los intereses de los países con más poder y más emisiones como Estados Unidos que, por ejemplo, nunca ha tenido presión para ratificar los acuerdos climáticos y poner en marcha acciones para minimizar sus emisiones. Países que no eran grandes emisores y que ahora lo son –como China, Brasil o la India– tampoco tuvieron ningún incentivo para crecer económicamente sin mermar la capacidad de la atmósfera para regular el clima planetario.
El único acuerdo que fue vinculante (Kioto), y que solamente Europa tomó en serio, no impactó en las emisiones globales que siguen una trayectoria que ilustra perfectamente el equilibrio de la no cooperación (figura 1). En el lenguaje de la tragedia de los comunes, es como si una fracción del grupo de pastores amables hubiese dejado de pastar y permitido a los pastores abusivos seguir incrementando su rebaño, así como aceptado que otros pastorcillos, antes débiles, crecieran y se hicieran poderosos acabándose el pasto de todos. Bajo esta óptica, no sorprende que el presidente Trump haya decidido salirse de decenas de acuerdos de cooperación globales, entre ellos el último acuerdo de París.4
FIGURA 1. Incremento de las emisiones de CO2 en relación a los acuer- dos globales más importantes para reducir las mismas. [Fuente: NOAA Global Monitoring Laboratory (GML), el laboratorio que monitorea la composición de la atmósfera a escala planetaria desde Hawái.]
Los costos económicos,5 ambientales y sociales6 de continuar inyectando gases de efecto invernadero a la atmósfera están bien estudiados. Aunque pareciera que se gana en el corto plazo por seguir el modelo de business as usual, en el largo plazo todos perdemos e incluso hoy ya es palpable su efecto en tener un mundo más desigual.7 Nuestra obsesión por seguir alcahueteando a “los pastores” que usan en exceso la atmósfera está enraizada en un paradigma de crecimiento económico equivocado en el que todo lo que recibimos de la naturaleza en forma “gratuita” subsidia lo que llamamos crecimiento económico,8 socializando las pérdidas que esto implica en términos de bienestar para la sociedad a través de externalidades y privatizando los beneficios a través de utilidades para las compañías. Sin un modelo de gobernanza policéntrico para manejar recursos de uso común difícilmente podremos salir de esta sumatoria de tragedias o infiernos ambientales en los que nos han metido nuestros mal diseñados modelos de desarrollo económico.
La condición mental de Nash –que le permitió, por un lado, revolucionar la teoría económica, y por otro lo puso en aprietos para mantener la cordura– recuerda un poco el doble filo de nuestra destacada capacidad intelectual como especie, condición que raya entre la genialidad y la locura. Somos esa especie capaz de dominar cada rincón del planeta, describir el universo que nos rodea y conectar la mente humana en una red neuronal de aprendizaje que transporta información a la velocidad de la luz, pero también somos el arlequín afiebrado que bien describen Lynn Margulis y Dorion Sagan en su libro Microcosmos:9 un chimpancé que se autodenominó custodio de un planeta con una historia evolutiva de más de 3,500 millones de años, y que considera que la Tierra está a su servicio y que él, y solo él, es capaz de controlar lo que sucede en ella. “El equivalente freudiano del ego a nivel planetario”, diría Margulis. Nuestra arrogancia colectiva para acabar el balance de gases de una atmósfera que ha tomado millones de años en formarse no puede ilustrar mejor el tamaño de las estupideces que puede llegar a orquestar este payaso.
FIGURA 2. “La competencia global destructiva”, término que emplea el movimiento “Simpol”, Simultaneous Policy (www.simpol.org), para ilus- trar el gran juego no cooperativo en el que estamos atrapados con el calentamiento global. Caricatura de Estefanía Ayala Parra, inspirada en un video de Simpol.
La organización británica Simpol –que llama a impulsar políticas públicas simultáneas en todo el mundo a fin de impedir una “competencia global destructiva en relación al cambio climático” (figura 2)– considera que, si presionamos a nuestros representantes a comprometerse con los acuerdos globales para reducir las emisiones, y si lo hacemos todos desde diferentes países, desde lo local a lo global, podremos impedir que esta farsa global de tener acuerdos poco vinculantes prosiga. Francamente me parece una de las mejores ideas que he escuchado; miles de ciudadanos de a pie, en diferentes partes del mundo, somos los únicos con el poder de frenar esta extraña alianza entre los gobiernos y el capital, en la que el futuro de la humanidad se está empeñando. ~
R. B. Myerson, “Nash equilibrium and the history of economic theory”, en Journal of Economic Literature, vol. 37, núm. 3, septiembre de 1999, pp. 1067-1082. ↩︎
G. Hardin, “The tragedy of the commons”, en Science, vol. 162, núm. 3859, 13 de diciembre de 1968, pp. 1243-1248. ↩︎
E. Ostrom, “Polycentric systems for coping with collective action and global environmental change”, en Global Environmental Change, vol. 20, núm. 4, octubre de 2010, pp. 550-557. ↩︎
Macarena Vidal Liy, “Empieza el nuevo orden mundial de Trump: adiós a los acuerdos internacionales, bienvenido el aislacionismo”, en El País, 21 de enero de 2025. ↩︎
Richard S. J. Tol, “The economic effects of climate change”, en Journal of Economic Perspectives, vol. 23, núm. 2, 2009, pp. 29-51. ↩︎
G. T. Pecl et al., “Biodiversity redistribution under climate change: Impacts on ecosystems and human well-being”, en Science, vol. 355, núm. 6332, 31 de marzo de 2017, p. eaai9214. ↩︎
N. S. Diffenbaugh y M. Burke, “Global warming has increased global economic inequality”, en Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 116, núm. 20, 22 de abril de 2019, pp. 9808-9813. ↩︎
R. Costanza et al., “The value of the world’s ecosystem services and natural capital”, en Nature, núm. 387, 15 de mayo de 1997, pp. 253-260. ↩︎
L. Margulis y D. Sagan, Microcosmos. Cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos, Barcelona, Tusquets, 1995, 314 pp. ↩︎