Mujeres mexicanas y guatemaltecas en trabajos sucios, difíciles y peligrosos

Ciertas ocupaciones que en el mundo anglosajón se conocen como empleos triple D (dangerous, difficult and dirty), peligrosos, difíciles y sucios, por lo general se identifican con labores masculinas. En países como México, las tareas del campo pertenecen al dominio masculino. Pero mujeres de México y Guatemala se integran cada vez más, por ejemplo, a la agroindustria.

Por Martha García Ortega*

 

Las imágenes de los hombres rudos, tiznados con machete y trepados en los camiones de redilas son estampas clásicas en la vida rural mexicana. También lo son aquellas fotografías en donde se reflejan las condiciones de explotación laboral y la deplorable vida en las galeras. Dentro de mis estudios he reportado las jornadas superiores a 8 horas diarias, el pago a destajo apenas arriba del mínimo si un cortador promedio lograr acumular más de cinco toneladas al día con un precio, este año, de 60 pesos por mil kilos de caña cortada, pago según la zona. Y algo inconcebible: sin seguridad social, aunque los empleadores están obligados por ley.

Sería injusto decir que todo el sector practica y reproduce o tienen los mismos niveles de explotación: las excepciones son las menos. En otros trabajos he señalado lo que en la jerga de la gobernanza se nombra “buenas prácticas”, indicador muy lejano para el sector agroindustrial. Es decir, sorprende que avance otro siglo, de cinco que ya llevamos produciendo azúcar en esta parte del mundo, sin cuestionar las condiciones de explotación humana para que un producto esté en la canasta básica y al alcance de la mano a diario en la mesa familiar y en las cafeterías gourmet. Y es en ese contexto de precariedad en que las mujeres de México y Guatemala se integran cada vez más, según diversas investigaciones que he realizado sobre la inserción laboral femenina en la agroindustria azucarera de México.

Cortadoras de caña

Históricamente, las mujeres han pasado invisibilizadas en la evolución de este mercado laboral agrícola, a pesar de que siempre han contribuido con su fuerza humana a las zafras nacionales. Ello debido a que su participación es escasa en las tareas de producción y cosecha, por no señalar su menor cuota en las fábricas en donde las varas dulces se transforman en azúcar. A lo largo del tiempo, la presencia femenina ha cambiado; en ciertas regiones cañeras de México, como en la región Occidente, las mujeres cortadoras ya son parte de la tradición oral, en los pueblos se recuerdan cuadrillas familiares con hijas acompañantes laborales del padre y hermanos. Estas mujeres y otras han contribuido a escribir esas leyendas locales muy extendidas en todos los ejidos cañeros: “las cortadoras que son aguantadoras, más limpias y cumplidas que los hombres”. En ningún caso, he registrado algún estereotipo negativo de las cortadoras, más bien se acerca al modelo del personal requerido para la zafra, apegado a los estándares de calidad del corte impuesto por los ingenios.

Al oír de esas mujeres míticas hace varios años salí en su busca, aunque mi interés ya estaba declarado cuando en mis primeras incursiones sobre las condiciones laborales de los cortadores de caña en la zona de Río Hondo en Quintana Roo -hace más de diez años-, vi, platiqué, comí y tomé fotografías de estas trabajadoras agrícolas. La leyenda tomó cuerpo en mujeres enfundadas en pantalones de mezclilla, camisas o faldas largas, gorras, sombreros, trenzas y sandalias o botas. Algunas de ellas con un rebozo atravesado a medio cuerpo cargando un pequeño ser sin chistar por el calor, o echando un ojo a las crías refugiadas en una sombra en el cañal y a la vez que calculaba la estocada del machete para cortar la caña a ras de la tierra como exige el buen corte.

En efecto, las mujeres dedicadas a la cosecha de la caña de azúcar son pocas numéricamente, no alcanzan ni el uno por ciento del total de cortadores calculado en todo el país (más o menos 70 mil). Aunque, en grupos de cosecha conformado por población indígena, las mujeres son muy visibles como ocurre con las nahuas de la región de Zongolica o de la Montaña de Guerrero. Otras trabajadoras son locales o foráneas y se contratan como cualquier cortador. En mis estudios he documentado cómo estas mujeres han dejado de ser las “acompañantes laborales” para convertirse en agentes económicos independientes que reciben y administran su propio salario producto de las toneladas de caña acumuladas en sus jornadas.

Sembradoras

Entre las trabajadoras agrícolas están las sembradoras de caña, algo raro de encontrar. Hay cuadrillas en Campeche; estas últimas son de origen guatemalteco o mexicano-guatemaltecas, aunque se encuentran sembradoras mestizas. Sus historias son de conquistas familiares y comunitarias, mujeres desafiantes retando las ideas arraigadas sobre el supuesto lugar doméstico asignado por la tradición de donde nunca deben o debieron salir por el anclaje de los regímenes de género reproducidos por la costumbre. Así fue, salieron y no volvieron, entre ellas se organizan para las labores de cuidados, como atender a personas en infancia y adultez mayor, son dueñas de su tiempo programado en la doble o triple jornada. No solo siembran, sino que eventualmente cortan.

Estas cuadrillas echan mano de sus redes para trabajar, nada distinto a sus pares urbanas: obtener un salario y pagar a quien se encarga del trabajo doméstico. Su ventaja como trabajadoras locales, frente a las cortadoras migrantes, es que no se desplazan y son dueñas de su tiempo, un cálculo racional ya establecido en los modelos de los empleos informales. En el grupo de sembradoras hay jóvenes (entre 16 a 20 años) y adultas entre 21 y 40 años y representan el 62 por ciento en un estudio reciente; estas trabajadoras son solteras, madres solteras, casadas y en unión libre; el 32 por ciento es jefa de familia; destacan su nivel educativo (cerca del 60 por ciento tiene estudios de preparatoria y técnicos).

Flores de caña

Lo escrito anteriormente es un grosero recorte del trabajo de varias mujeres que participaron en el citado estudio hecho en varias regiones cañeras en estados de la frontera sur, Veracruz, Michoacán, Colima, Nayarit, Puebla, Morelos y Oaxaca, entre otros, con trabajadoras agrícolas y de servicios. Con este título aparecerá este año un libro y un documental (García, 2022); he presentado resultados en foros dedicados al Día Internacional de la Mujer, organizado por la Cámara Nacional de las Industrias Azucarera y Alcoholera (2021 y 2022), y ante ONG (nacionales e internacionales) y dependencias en la materia que han considerado ya incluir el tema de género en el sector. Y esto es una conquista de todas, y un primer paso.

Referencias:

¿Feliz día de la mujer? Entrevista a Martha García. https://revistas.ecosur.mx/ecofronteras/index.php/eco/article/view/1629

Papel de la mujer en campos de caña, invisible para el Estado. https://www.ecosur.mx/papel-de-la-mujer-en-campos-de-cana-invisible-para-el-estado-prevalece-la-explotacion/

 

Martha García Ortega 

mgarciao@ecosur.mx

*Investigadora en El Colegio de la Frontera Sur-Unidad Chetumal y Consultora para Oxfam México.

 

TEXTO PUBLICADO EN: https://piedepagina.mx/mujeres-mexicanas-y-guatemaltecas-en-trabajos-sucios-dificiles-y-peligrosos/