El arrecife no cría a sus hijos en casa. Los arroja por millones al mar abierto, cobijados por la oscuridad de la luna nueva. Durante días, las larvas de diferentes especies viajan como viajan los pueblos desplazados, empujados por fuerzas que no controlan. No conocen fronteras y aun así las cruzan. No saben que pertenecen al arrecife más grande de América, el Sistema Arrecifal Mesoamericano, ni que durante su desarrollo migrarán entre cuatro países hasta asentarse entre sus grietas.
El viaje comienza cuando los adultos reproductores liberan huevos al mar. De ellos emergen larvas microscópicas que pasan días en la columna de agua, viajando con las corrientes. Más tarde, esos organismos se convierten en postlarvas, juveniles tempranos que ya tienen una fisiología apta para autodeterminarse –como ojos, oídos y estómagos funcionales– y dejan de ser solo arrastradas para empezar a buscar activamente dónde asentarse.
Lourdes Vásquez Yeomans entiende al arrecife desde su infancia. Originaria de Sonora y criada en Baja California, estudió biología y posteriormente ecología marina especializándose en las fases tempranas del ciclo de vida de los peces arrecifales. Se capacitó en Miami con el doctor William Richards, pionero en el estudio e identificación de huevos y larvas de peces. Llegó al Caribe hace unos 34 años y formó parte del grupo de investigadoras que fundaron la sede de El Colegio de la Frontera Sur en Chetumal (ECOSUR), Quintana Roo.
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