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En una segunda acepción, corresponden también a deseos colectivos posibles de ser realizados o conquistados; por ejemplo: "podemos hacer algo para que todos los que habitamos en regiones indígenas hablemos la lengua de la región"”.

En ambos casos se trata de lograr algo proveniente de la conciencia colectiva —del diálogo y la reflexión— y que establece una consigna que demanda concentrar y concertar esfuerzos.

Cada sociedad configura sus retos históricos según la recapitulación de sus valores esenciales. De acuerdo a los ejemplos mencionados, se trata de la urgencia de vivir una vida digna con justicia, paz y amor, y del hecho de la interculturalidad posible y deseada, pues a éstos, al menos algunos de nosotros, los consideramos valores esenciales.

Pero, simultáneamente pueden configurarse retos históricos contradictorios: mientras algunos nos esmeramos por la interculturalidad, otras personas empeñosamente ejecutan acciones cuya consecuencia es la aculturación; o, mientras una sociedad se propone romper la subordinación, otro grupo se propone llegar a Marte como parte de una lógica de control.

Establecer retos históricos es hacer valer una forma de entender la vida, la historia y el futuro. Para el caso de las sociedades, los pueblos y los grupos sometidos y colonizados, mientras las estructuras de dominio propician el olvido y el desprecio por sus valores, mantener la conciencia histórica y la esperanza, así como refrendar los valores propios son señales de retos configurados que se expresan en movilizaciones contra el control y por la vida.

Sin embargo, en los lamentables y frecuentes casos de dominio es común ver gente deslumbrada por los valores de la sociedad opresora, obedeciendo y reproduciendo esos valores que ¡claro que terminan afectando a la mayoría de los suyos!; se trata de gente dominada mental y espiritualmente (trabajo del sistema educativo, la radio, la televisión y todos los medios que no se propongan explícita y claramente hacer lo contrario). Así que hacer valer lo propio, sabiendo que es difícil, es una forma contundente de asumir el reto histórico de negar el olvido, rechazar la enajenación y contravenir a la imposición.

Pensemos en esa intención generalizada de querer lucrar con todo: con la tierra, con la naturaleza, con los árboles, con los animales silvestres… ¡con las personas! ¡La importancia central dada al dinero, al consumo y al poder! La obediencia a esta ordenanza es la peor imposición a la que se nos ha sometido, útil para el encumbramiento de pocos y el despojo y sometimiento de la mayoría. En este caso, el reto es permanecer con gozo y dignidad en las enseñanzas de nuestros pueblos: el respeto, el trabajo, la ayuda mutua, la sencillez, el no desperdiciar, el compartir y el mandar obedeciendo, entre más.

Esta manera de ser y de actuar, humana, comunitaria y humildemente, al momento mismo de hacerlo con dimensión consciente y colectiva, constituye un reto conquistado y de transformación. Igual así con nuestros valores de justicia, verdad y honestidad. Éstos no son cualidades que comparten quienes rigen su vida según intereses de poder, ganancia y prestigio, pero sí son las nuestros y las podemos refrendar en medio de nuestra vida dañada.

Y entonces, avanzando en nuestra comprensión de los retos históricos y su diseño, debe subrayarse que es fundamental contar con una perspectiva histórica, lo que significa conocer el pasado, pero, sobre todo, apreciar el futuro. Hay que saber por lo que se ha pasado y escarbar en la memoria pero, además y enfáticamente, hay que tener claridad del futuro que se quiere y que se anhela. Para eso hay que soñar juntos y bien despiertos (como lo planteara Ernst Bloch en El principio esperanza); hay que reflexionar y arriesgar, ¡pero no a lo loco!, sino con la fuerza y la convicción profunda provenientes de estar empapados de la realidad, con conocimiento, experiencia y conciencia de lo que se vive y padece entre nuestros pueblos y de lo que son los sufrimientos de la gente y de la naturaleza.

Todo reto implica un desafío y para logarlo hay que tener un estímulo claro y un objetivo bien definido. El estímulo o lo que empuja es el anhelo de lo que se desea, que será mayor en la medida que vaya junto al dolor y al disgusto por lo predominante no aceptado y jamás deseado. El objetivo es la transformación o la conquista deseadas. Y el desafío es romper las inercias y las parálisis, el miedo y la apatía, y, más aún, es ¡iniciar ya! y actuar en concordancia con la consigna o con lo deseado —sin esperar a que otros lo hagan—, con determinación, con convicción de logro y con sentimiento de alegría y satisfacción por vivir según lo que se cree, pues en nuestras creencias habitan nuestros valores fundamentales.

¿Y aquello de la incidencia? Estar empapado de la realidad y actuar con conciencia y orientados hacia lo que se quiere transformar o lograr es incidir. Nos preguntábamos al inicio por qué hablar de los retos históricos, y anticipábamos que es un requisito para la toma de conciencia, pero también es necesario hacerlo para definirlos y acordarlos comunitaria o colectivamente. Hablamos de retos porque es una forma de salir de la obediencia y el conformismo y, al hacerlo, rompemos el silenciamiento. Pero, sobre todo, lo hacemos porque así incidimos en el urgente cambio. Hablar de los retos históricos es una manera de empujarse a sí mismos a ubicarse y moverse en la dirección de ellos, es decir, encaminarse en la ruta que dictan la conciencia y la esperanza.

Garanticémonos, pues, unos a otros, recíprocamente paz, justicia y amor. No vivir en un mundo mejor en cierta medida se debe a que nos ha faltado claridad de pensamiento, energía y convicción de logro. En épocas de vida dañada, donde nos roban la esperanza y la certeza del bien común, el reto histórico es retomar la esperanza y conquistar nuestro anhelo. Así lo han hecho los pueblos, expresándolo juiciosamente en el grito del silencio.

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