Revalorar la agricultura en México y dignificar a los agricultores

Por Blanca M. Díaz Hernández

Técnica académica – Unidad San Cristóbal

Celebro que se dedique un día del año para conmemorar al maíz, la base de nuestra alimentación, una creación de y para los mexicanos, y de enorme trascendencia mundial. Aprovecho la celebración del Día Nacional del Maíz —29 de septiembre— para escribir algunas líneas que nos permitan apreciar su valor en el devenir de la agricultura en México, y sobre esta base preguntarnos qué queremos y cómo lograrlo.

La agricultura es una invención que se remonta a varios miles de años, consiste en el cultivo de especies vegetales para el aprovisionamiento de alimentos y de otros satisfactores. Su lento y progresivo desarrollo estuvo condicionado a varios factores, uno básico fue el conocimiento de la biología de las plantas, que implicaba una aguda observación de las condiciones del entorno que favorecían su crecimiento. Mediante pruebas de acierto y desacierto, los grupos humanos de tiempos prehistóricos fueron capaces de obtener sus propios alimentos y, gracias a ello, fue posible el establecimiento de aldeas y, más tarde, el florecimiento de grandes civilizaciones.

Ahora se sabe que la agricultura se originó en varios puntos de la geografía mundial donde tuvo lugar la domesticación de numerosas plantas, entre las cuales están el trigo, maíz y arroz, cereales que han sido y siguen siendo la fuente de alimentación de la mayoría de la población del mundo.

México es uno de los centros de origen de la agricultura que tuvo como base el maíz. La planta inicial era muy distinta a la que conocemos ahora, la cual es resultado de una selección continua que favoreció la expresión de ciertas características. El tamaño de la mazorca y del grano son rasgos del maíz que lo diferencian de sus parientes silvestres y de los maíces más antiguos.

La agricultura del México prehispánico estaba representada por varios sistemas de cultivo dada la amplitud de ambientes naturales que se aprovechaban; no obstante, el maíz fue una planta generalmente asociada con el frijol y la calabaza en lo que se conoce como sistema de “milpa”, una de las creaciones mejor logradas por nuestros antepasados, tanto por las relaciones benéficas que se establecen entre las especies cultivadas, como por la complementariedad alimenticia que brinda su consumo. La agricultura prehispánica se distinguía por el cuidado de las plantas y, consecuentemente, por el uso intensivo de mano de obra.

La colonización española significó enormes cambios en la agricultura. Tras despojar a las comunidades indígenas de sus mejores tierras, los españoles implantaron una lógica diferente de su uso basado en el trabajo forzado de los indígenas, de por sí disminuidos por las batallas de resistencia y las nuevas enfermedades. La introducción de especies vegetales en el “nuevo mundo” no sustituyó la base preexistente, más bien la amplió.

El uso del arado y de los animales de trabajo permitió incrementar el área cultivada, sobre todo de trigo. La apertura de áreas destinadas a la ganadería extensiva fue un cambio notable en el paisaje y una justificación para dotar de grandes extensiones de tierra a los representantes de la colonia española. En este escenario de dominación, la agricultura indígena sobrevivió, se adaptó y adoptó, en constante tensión social, parte de la tecnología agrícola externa sin desligar su existencia a la cultura del maíz.

Durante el período colonial se consolidó una agricultura bajo dos regímenes de propiedad, el de las haciendas y ranchos, y el de la comunidad indígena. Los primeros gozaban de las mejores tierras de cultivo, sus excedentes abastecían el mercado interno, principalmente el de las poblaciones urbanas; mientras que en la comunidad indígena predominó la agricultura de autoconsumo.

En el siglo XX inició una segunda etapa de cambios en la agricultura. Después de la Revolución Mexicana el proyecto de nación abrazó la idea de una “modernidad”, al estilo de los países industrializados. Con el referente de la “revolución verde” promovida por el mundo entero, entre los años cincuenta y setenta, se impulsó el desarrollo de la agricultura mediante infraestructura de riego, la introducción de semillas “mejoradas” —con alto potencial de rendimiento—, fertilizantes químicos, pesticidas y maquinaria agrícola. Este impulso modernizador se concentró en las áreas del país con las condiciones idóneas para echar a andar el modelo, lo que incluía sectores de agricultores con potencial para adoptarlo; para el resto del país ocurrieron dos cosas, el modelo no aplicó o lo hizo parcialmente. A la larga, se mostraron sus efectos, que fueron, la polarización económica y social de los agricultores, una baja rentabilidad de la agricultura y un creciente deterioro de la tierra y del agua debido a la contaminación y sobreexplotación.

Con estos problemas a cuestas y con el argumento de salvar la crisis económica del país, desde la década de los ochenta se pusieron en marcha una serie de ajustes para desincorporar a las instituciones del Estado de la agricultura, incentivando así el libre mercado. Tales medidas pusieron en relativa ventaja a grupos de agricultores empresariales, quienes ganaron una mejor posición sacando partido de políticas previas, pero dejando en situación vulnerable al grueso de los agricultores, quienes resintieron en mayor medida los precios bajos de sus productos, lo que fue muy evidente para el caso del maíz.

El sostenimiento del modelo neoliberal, tal como se está dando, ha convertido a la agricultura en un “negocio” de pocos, que pretenden, mediante diversos mecanismos, imponer un nuevo orden mundial basado en el control de la producción de alimentos, limitando cada vez más las probabilidades de una soberanía alimentaria.

México puede ser un país con una agricultura capaz de abastecer la demanda nacional de maíz para consumo humano. Expertos en la materia confirman el potencial que se tiene para ello, pero en vez de fomentar la producción interna se ha estado comprando maíz de Estados Unidos, cada vez, en mayores cantidades.

La crisis del campo —caracterizada por el poco o nulo crecimiento de la producción, disminución en los niveles de ingreso, despoblamiento de las comunidades rurales, deterioro de recursos naturales, etcétera—, ha impulsado la movilización de diversos sectores sociales que, a contracorriente, han abierto espacios de discusión, creado consensos y estrategias de lucha en distintas escalas, y atendido problemas productivos, de comercialización, consumo, etcétera. En este sentido, destaco los esfuerzos que fomenta la agricultura  basada en conocimientos agroecológicos ancestrales y nuevos, así como la propuesta de mercados justos, la revaloración de la cultura alimentaria local, y las acciones que llaman a crear formas organizativas que desafíen los intereses económicos de las empresas hegemónicas.

Es de admirar la movilización de diversos sectores sociales alrededor de la defensa del maíz criollo mexicano ante quienes avalan la introducción del maíz transgénico, hecho que aún reduce más las posibilidades de alcanzar nuestra seguridad y soberanía alimentarias. Sumarnos a estas y otras iniciativas similares es una manera de defender al maíz, a los y las custodios de este tesoro, crear conciencia de la necesidad de revalorar la agricultura en México y de dignificar a sus agricultores.

 

Fotografía: Marco Giron