Parteras, re-nacer entre mujeres que saben

Nacer en cualquier época siempre ha dependido del contexto social y de las condiciones en las que vive la madre. Actualmente, en México las mujeres que disponen de recursos para dar a luz en un hospital privado son convencidas para realizarse una cesárea programada —la mayoría de las veces innecesaria— en gran parte de las ocasiones a través de argumentos de distinta índole. Si por el contrario, el único recurso con que cuentan son los servicios médicos públicos o de derechohabiencia, estarán expuestas, además del riesgo de ser intervenidas quirúrgicamente sin ningún motivo técnico justificable, a la sobresaturación de la atención en los mismos, lo que no en pocas ocasiones expone a las mamás a tratos apresurados e incluso violentos, que generan riesgos considerables para su vida.

Otro sector más de mujeres, optan por parir acompañadas por una partera, ya sea tradicional o profesional. Las parteras tradicionales han aprendido a través de la sabiduría de sus ancestras —madres, hermanas, abuelas, madrinas— o por medio del  don de partear recibido oníricamente. Estas parteras suelen provenir de sectores indígenas, rurales o de estratos bajos de las ciudades. Aprenden desde niñas acompañando a sus mayores; generalmente no reciben pagos justos por cada alumbramiento que atienden, pero no es inusual que se les responsabilice de complicaciones o atenciones tardías a embarazadas, desconociéndose las condiciones en las que realizan su trabajo.

En contextos marginales, puede ser que la propia familia de la parturienta, en caso de ser necesario, no permita a la partera tradicional trasladar a la mujer al hospital más cercano, que estará a horas de distancia, y cuando por fin logran llegar, las parteras son maltratadas por el sector salud. No obstante, cientos de mujeres dan a luz con estas parteras sin ninguna complicación, lo que es un gran ahorro de costes para los servicios de salud, pero no es reconocido.

Las otras parteras, las profesionales, como su nombre lo indica, han tenido la opción de estudiar. Algunas de ellas cuentan con la carrera de medicina, mientras que otras más han estudiado la carrera de partería fuera del país. Una fracción más pequeña ha estudiado en la única escuela que existe en México para la formación de parteras profesionales —es privada y se encuentra en San Miguel de Allende, Guanajuato— ya que de manera sistemática, a mediados del siglo pasado se fueron cerrando las escuelas de partería profesional en México, como resultado de la hegemonía e intereses económicos y gremiales de los ginecobstetras. Generalmente atienden los partos en los hogares de las parturientas, encontrándose con serios obstáculos para establecer casas de partos que se circunscriban a las normas de la Secretaría de Salud. El cobro de sus honorarios suele variar de acuerdo al contexto en que se ubiquen.

Conocer esta información ha sido posible gracias al proyecto de investigación que realicé conjuntamente con el equipo de trabajo en 2011 con parteras tradicionales de pueblos indígenas, con el auspicio de la Secretaría de Pueblos Indios de Chiapas, del que se derivó el libro “Parteras en Chiapas…un mar de conocimientos” (2ª. Edición 2015, ECOSUR), y posteriormente, entre el 2013 y 2014, se convocó a una publicación colectiva para determinar el estado del arte de la partería en México, dando como resultado el libro “Imagen instantánea de la partería” (2015, ECOSUR y Asociación Mexicana de Partería). Actualmente estamos desarrollando una propuesta para CONACYT para determinar los niveles de violencia ginecosbtétrica, según el lugar de atención del parto.

Un hecho crucial y que desafortunadamente es abordado por un sector bastante limitado (académico o perteneciente a organizaciones) de la población, es que no abundan las parteras de ninguna de las dos categorías en el país. Sin embargo, la formación de parteras profesionalizadas en México es un gran reto contemporáneo, en un país en donde, si bien se ha reducido drásticamente la Tasa Global de Fecundidad, su población no ha dejado de multiplicarse.

Aún con esta reducción drástica de la fecundidad, el número de nacimientos en México sigue creciendo, lo que indudablemente ejerce una enorme presión demográfica y sobre los sistemas de salud. Este escenario supone evidentemente que las opciones para dar a luz deben de diversificarse, y con ello la formación de nuevas generaciones de parteras, necesidad que ha sido identificada por algunas organizaciones referentes en la materia. Por ejemplo, el Fondo de las Naciones Unidas para la Población y la Confederación Internacional de Parteras mencionaron en 2012 que faltan al menos 340 mil parteras en el tercer mundo para poder lograr las metas del milenio en materia de salud materna.

Por ello es necesario ampliar los lugares de formación para quienes deseen ejercer la partería, gestionar nuevos rumbos de legitimación de las casas de atención a partos, y propiciar espacios de diálogo que propicien la comprensión acerca de la humanización de la atención del embarazo, el parto y el puerperio. Estos espacios son importantes en el sentido de que una de las mayores causas de la sistemática desaparición y desvalorización de la figura de la partera está anclada en las ideas contemporáneas de considerar el embarazo como un riesgo que hay que medicalizar para “asegurar” que la criatura nazca exenta de incertidumbre alrededor ¿no es esto otro indicador moderno de nuestra actual cultura del miedo?

Considero que muchas mujeres nos hemos alejado del conocimiento de nuestros cuerpos y sus funciones vitales. Es irónico que en una era en donde el acceso a la información es relativamente fácil, pocas mujeres detectan cambios sutiles en su ciclo menstrual que pueden enunciar miomas o quistes, flujos vaginales diferentes que pueden alertarnos sobre una infección o avisarnos satisfactoriamente una emoción placentera. El instinto ha sido aplastado por el pesado fardo de la certeza garantizada en el laboratorio, el ultrasonido y la enajenación del conocimiento del cuerpo por parte del saber médico, lo cual ha traído como resultado la infantilización medicada de los cuerpos femeninos.

La resignificación y multiplicación de las parteras, con sus saberes, conocimientos e interacciones con las mujeres, redimensiona la posibilidad de volver a apropiarnos de nuestra primera casa: el cuerpo y con él, todas sus funciones, goces, placeres y debilidades.

Georgina Sánchez Ramírez gsanchez@ecosur.mx, Profesora Investigadora Titular del departamento de Salud. El Colegio de la Frontera Sur, Unidad San Cristóbal

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