El crecimiento de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas y su periferia rural. Impactos negativos y oportunidades

Araceli Calderón** y Lorena Soto-Pinto*

Varias ciudades medias, entre ellas San Cristóbal de Las Casas, han tenido un crecimiento acelerado en los últimos años. Según datos de INEGI, de 2005 a 2010 las áreas ocupadas por ciudades casi se duplicaron en el país.

En San Cristóbal de Las Casas, los cambios tan rápidos ocasionados por el crecimiento de la ciudad han tenido consecuencias ecológicas, económicas y sociales, que se reflejan en problemas que se viven día a día como la desaparición de las áreas boscosas y agrícolas, la desaparición de manantiales y humedales, la contaminación, el cambio de uso del suelo y el aumento del precio de los terrenos; situaciones que al mismo tiempo modifican las formas tradicionales de uso de la tierra y recursos naturales de las personas que viven alrededor de la ciudad.

En esta ciudad la población se cuadruplicó en 30 años y se expandió considerablemente el área urbana. Este crecimiento ha ocurrido con escasa regulación municipal, a través de la toma ilegal de tierras, conflictos y numerosos procesos de compra-venta informal entre particulares. A ello se ha sumado un pujante mercado inmobiliario, que carece de un proceso de planificación urbana y que ha vendido terrenos en zonas de bosque, agricultura y humedales, sin considerar la conservación duradera de los recursos y la belleza escénica.

Mediante un estudio realizado en la zona del Huitepec observamos que, no obstante este crecimiento urbano, aún existen en la periferia de la ciudad zonas agrícolas que abastecen de productos hortícolas a la población, pastizales con ganado bovino y ovino, así como distintas áreas de bosque de pino-encino, y dos reservas naturales, una privada y otra autónoma, que intentan preservar los remanentes de ecosistemas de montaña, no sin conflictos.  Estas reservas trabajan aisladas de la población aledaña, lo cual no ayuda a su buen mantenimiento ni a mantener un paisaje saludable, pues por un lado se conserva y por otro se destruye.

Los  bosques, acahuales, pastizales  se intercalan con el uso urbano y ofrecen el verdor que todavía mantiene la ciudad. De acuerdo al análisis de una imagen de 2010, en la zona periurbana estudiada, el bosque y los acahuales cubrían 52 % de la zona, las áreas agrícolas y pastizales 39%, mientras que las áreas edificadas 9 %. Casi la mitad de la superficie forestal se concentraba en las áreas de reserva, mientras el resto se distribuía en fragmentos asociados a las áreas agropecuarias y urbanas, de igual modo algunos pastizales y áreas agrícolas se ubicaban dentro del área urbanizada en colonias y fraccionamientos. Aunque en años posteriores hemos visto cómo el proceso de urbanización ha aumentado en el área, la estructura diversa del paisaje aún persiste.

Este uso diversificado del espacio se asocia con la diversidad sociocultural presente. En el Huitepec la población se distribuye en rancherías donde comparten la tierra pobladores tsotsiles, tseltales y mestizos nacidos en las localidades, quienes se autonombran “nativos”, y otros de origen urbano y venidos de fuera. Alrededor de 70% de las familias son originarias de los Altos y 30%  provienen de otros lugares; 53% son mestizos y 47% indígenas mayas. Además de las rancherías hay grandes propiedades, fraccionamientos y colonias urbanas.

Los fragmentos de bosques remanentes en el Huitepec son fuente de extracción de madera, leña, tierra de monte, hojarasca, hongos, plantas medicinales, frutas silvestres, condimentos, juncia, flores y plantas ceremoniales. Aunque la gran mayoría de las personas ya no dependen de la agricultura, esta actividad, junto con la cría de animales de traspatio, tiene un papel significativo en el abasto familiar. La agricultura,  junto con el resto de áreas verdes conforman un paisaje agroforestal diverso y heterogéneo, el cual se ha distinguido por el mantenimiento del agua, la biodiversidad y la belleza verde de la ciudad. Es importante destacar  que el Huitepec está clasificado como un bosque mesófilo de montaña —ya hay muy pocos en el país—con una considerable diversidad de flora y fauna, además de ser un paisaje icónico de la ciudad.

En ciudades como San Cristóbal existe una tensión entre el crecimiento urbano y la resistencia de la agricultura, los ecosistemas y el modo de vida campesino que se niega  a desaparecer. Ciudades medias, como esta, que atraviesan por procesos de urbanización sin planificación, trasforman los territorios y ocasionan la pérdida de recursos naturales e identidades rurales.

Sin embargo, no todo está perdido. En las zonas periurbanas  de San Cristóbal existen iniciativas aisladas,  individuales y colectivas, para la conservación del bosque, algunos acuíferos y agricultura ecológica. De manera muy particular se observó que los «usos y costumbres» derivados del pasado rural  de los pobladores del periurbano, aún tienen efecto para regular  el uso de los recursos naturales, por ejemplo, algunos colectivos  reconocen el ingreso de nuevos vecinos a quienes integran a las asambleas, normas y sanciones relacionadas con el acceso y conservación de recursos del bosque, la construcción o mantenimiento comunitario de caminos, manantiales y la distribución del agua. Esto ocurre gracias a que la población asentada en esta zona periurbana –que proviene principalmente del medio rural y de cierta población extra-regional que tiene una alta conciencia de la conservación— valora la importancia de los ecosistemas y la agricultura limpia. Un buen ejemplo es un pequeño grupo de productores agrícolas que ha logrado vender sus productos directamente “de la parcela al plato”, a través de un “tianguis orgánico”, un mercado de hortalizas de producción limpia, que ofrece sus productos a la población urbana, con lo que revitalizan su actividad agrícola.

Para disminuir la tensión que planteamos aquí, es necesario que se tomen en cuenta los efectos de los procesos inmobiliarios y contribuir a detener el avance urbano, disminuir y regular la extracción de materiales y agua que realizan empresas constructoras y refresqueras; así como suspender la invasión de los humedales, y  promover y fortalecer los procesos de iniciativas colectivas que  pongan reglas y sanciones, además de educar a la población y tomar acuerdos entre el gobierno, las iniciativas privadas y la sociedad civil para beneficiar a todas las partes.

 

*Investigadora Huesped en CIESAS Sureste, egresada del doctorado de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), ** Investigadora de Ecosur en la Unidad San Cristóbal

Fotografía: Araceli Calderón